Monday, February 28, 2022

El pardillo y su primer cerveza

 


Llovía plomo ese día de verano en mi pueblo, era el típico y recalcitrante mes de agosto, con su húmedo calor que sofocaba todo ser vivo, repasando los 40ºC (así decimos los nativos de mi tierra) desde media mañana hasta la media noche.

Con 17 años de ilusa experiencia, el párvulo pardillo ingresaba a la carrera (estudios universitarios); por ese entonces, cargaba conmigo una valentía y arrojo bizarro que devoraban al mundo a bocanadas, sin suponer siquiera que a mi formación profesional formal aun le faltaban otros 17 años por avanzar… por crecer… ¡por divertirme!

Ese día, competían 3 planillas por la titularidad de la Sociedad de Alumnos, cuyo único objetivo era recaudar fondos para su fiesta de graduación anual mediante la organización de un épico Simposium anual, donde participaban las más excelsas mentes del ámbito laboral, tanto privado como público, a nivel nacional e internacional. Grandes anécdotas, epopeyas, encuentros y sinsabores de décadas me acompañan desde entonces.

Como parte de su exposición, habían separado la cafetería insignia de la escuela, para hacer una fiesta, con la noble excusa de mostrar su plan de actividades. Increíblemente, el alcohol no sólo era permitido, sino que hasta fomentado por la institución, dado que los dueños de la escuela son también de la cervecería local. Por lo tanto, el alcohol corrió, como corrimos entre sus concursos, donde los premios no importaban, lo que importante era divertirnos con el alcohol gratuito, patrocinado por la misma escuela.

Aún no se ponía el sol, cuando el evento dio por terminado, pero evidentemente, yo había perdido la capacidad para poder manejar mi carro, por lo que tuvo que permanecer almacenado en el estacionamiento de la escuela esa noche; de alguna manera, mis amigos me auxiliaron para subir a un camión urbano y regresar a mi casa. Siendo hora pico y atiborrado de un olor a sudor por todo un día laborado, el borracho enriqueció los aromas con un toque nada digno como el de sus compañeros de viaje.

Después de una hora de camino, donde la vibración del camión, el calor, el coctel de aromas y el alcohol dentro de mi cuerpo, embrutecieron aún más mis sentidos, al fin bajé del camión y emprendí el regreso a mi hogar, caminando poco menos de 8 km y en subida, ascendiendo por el Cerro del Caído, donde estaba mi familia. La ancha calle, con sus tres carriles de circulación, fue testiga muda de mis mejores eses, las que se dibujaban hasta sus canales de estiaje.

Finalmente, llegué a mi casa. Mi hermana de 13 años se encontraba regando el jardín frontal, cuando descubrió el estado deplorable de mi intoxicada humanidad. Obviamente, se asustó y llamó a mi madre, diciendo: “¡Mamá, Jesús está enfermo!”. Mi cuasi infartada madre salió corriendo al escuchar a mi hermana y darse cuenta que regresé sin el auto… es tremendo todos los escenarios que se puede recrear por la mente de un padre ante tal situación, pero al verme semiconsciente, debió haber suspirado de alivio, pero no de complacencia al descubrir que enfermo, lo que se dice enfermo, pues no estaba.

A como pudo, me tomó del brazo y me llevó a la regadera. Con todo y mi ropa ingresé, el agua inundó mi cara y los reclamos mis oídos. En algún momento del incesante bombardeo, me senté y dormité, muy a pesar del golpeteo del agua y de mi destrozada dignidad.

Mi madre cerró la regadera (modismo local) y me despertó. Ya no sé ni cómo me ayudó a vestirme para ingresar a la cama, me recostó y me hizo prometerle que mi padre nunca se enteraría del bochornoso evento. Como ya eran las 10:00 pm, puntual como es mi padre, llegó a la casa al cerrar su jornada laboral.

Justo a tiempo!", pensé y me sentí aliviado al reconocer que mi pellejo se había salvado; repentinamente, escuché por el umbral de la ventana a mi madre salir corriendo para decir:

“¡No sabes cómo llegó tu hijo!”.