La vigésima
cuarta obra, en casi 60 años de existencia, encuentra a un Deep Purple maduro
y en un momento de estabilidad creativa.
La obra no intenta
reinventar su sonido, ni replicar la magia irrepetible de toda su obra anterior;
antes bien, apuesta por las fortalezas que se han consolidado en la última
década: canciones concisas, una ejecución instrumental impecable y un sonido
moderno que respeta su identidad.
La obra completa
destaca por su claridad y le permite a cada integrante un brillo sin excesos, además
de mantener la tradición en el sempiterno diálogo entre los teclados (Don
Airey) y la guitarra (Simon McBride), lo cual se convierte en el eje
de un álbum dinámico y lleno de matices.
Por otro lado, la
voz de Ian Gillan ya no busca las notas imposibles; su interpretación
demuestra madurez, personalidad y un dominio expresivo que encaja perfectamente
con la creación musical.
Roger Glover & Ian Paice siguen presentes
en el bajo/voz y batería, así como en la composición junto al resto del grupo.
Por cierto, en abril pasado estaban dando conciertos en Japón y la Primera Ministra
de dicho país, Sanae Takaichi, asistió a una presentación y le dijo a Paice:
“Eres mi dios”, como reconocimiento a su inspiración musical.
Splat! supera ligeramente a =1, gracias a
un repertorio más consistente, donde el ritmo se mantiene durante sus poco más
de cincuenta minutos.
La obra da inicio con Arrogant Boy & Diablo, las cuales sobresalen por su energía y capacidad de enganchar desde la primera escucha. Es interesante que la pieza que cierra y da nombre al álbum, Splat!, manifiesta este mismo comportamiento. El guitarrista australiano Keith Urban contribuyó con su guitarra en Diablo, recientemente separado de la actriz Nicole Kidman, justo al cumplir 21 años de casados el pasado enero.
El resto de las
piezas exploran matices de blues, jazz y progresivo, sin romper la cohesión del
conjunto; pero, evitando asumir grandes riesgos, ya que, esa misma contención,
juega a su favor al entender perfectamente sus virtudes y explotarlas con
inteligencia.
La tercera pieza The
Rider, muestra una brillantez en la guitarra sobresaliente, mientras que The
Lunatic le permite a los teclados marcarle la pauta al grupo.
The Only Horse in Town, la quinta pieza, inicia con un
solo de órgano, donde el resto de los instrumentos se van uniendo gradualmente,
al más puro estilo de Deep Purple. El suave requinto de la guitarra en el
intermezzo es un dulce para los oídos que le permite al órgano retomar su rol.
La sexta pieza, Sacred Land, inicia con un toque
místico en el órgano, creando una atmósfera durante toda la pieza que recuerda
a Jon Lord y repite en un encore al cierre.
The Beating of Wings, la séptima pieza, es un gran
blues que me exige la apertura de otra cheve justo en el centro de toda la
obra.
La octava pieza, Guilt Trippin’, sorprende al inicio
de la segunda mitad de la obra, ya que es, sin lugar a duda, de lo mejor de la
obra. Al igual que Sacred Land, los teclados dan de inicio el tema
musical, la guitarra lo repite y al cierre regresa el solo de teclado para
sellarlo.
Las siguientes dos piezas, Scriblin’ Gibb’rish’ &
Jessica’s Bra, reviven el espíritu travieso pícaro que nunca debió
perder Deep Purple. De hecho, ésta última tiene un alegre espíritu de pub
irlandés.
Como su nombre lo indica, Third Call, la undécima
pieza, es un llamado para seguir con la acción… to scream & shout!
La duodécima pieza, My New Movie, es un mucho de continuación
respecto a la pieza anterior, pero ahora con trazos de Bach en el órgano,
recordándome porqué la pieza de Difficult to Cure, de Don Airey y
Ritchie Blackmore, es mi ininterrumpido despertador diario desde hace 30
años.
La obra cierra con la pieza que lleva su título, Splash!,
en un despliegue de efervescente energía, tal como inició.
El resultado es
un trabajo sólido, disfrutable y convincente; demostrando cómo sigue siendo
capaz de ofrecer música relevante por su creatividad, capacidad, oficio y
calidad interpretativa, sin tener la necesidad de apoyarse en la nostalgia de
su legado.





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