Monday, July 6, 2026

Splat!, por Deep Purple

 


La vigésima cuarta obra, en casi 60 años de existencia, encuentra a un Deep Purple maduro y en un momento de estabilidad creativa.

La obra no intenta reinventar su sonido, ni replicar la magia irrepetible de toda su obra anterior; antes bien, apuesta por las fortalezas que se han consolidado en la última década: canciones concisas, una ejecución instrumental impecable y un sonido moderno que respeta su identidad.

La obra completa destaca por su claridad y le permite a cada integrante un brillo sin excesos, además de mantener la tradición en el sempiterno diálogo entre los teclados (Don Airey) y la guitarra (Simon McBride), lo cual se convierte en el eje de un álbum dinámico y lleno de matices.

Por otro lado, la voz de Ian Gillan ya no busca las notas imposibles; su interpretación demuestra madurez, personalidad y un dominio expresivo que encaja perfectamente con la creación musical.

Roger Glover & Ian Paice siguen presentes en el bajo/voz y batería, así como en la composición junto al resto del grupo. Por cierto, en abril pasado estaban dando conciertos en Japón y la Primera Ministra de dicho país, Sanae Takaichi, asistió a una presentación y le dijo a Paice: “Eres mi dios”, como reconocimiento a su inspiración musical.

Splat! supera ligeramente a =1, gracias a un repertorio más consistente, donde el ritmo se mantiene durante sus poco más de cincuenta minutos.

 

La obra da inicio con Arrogant Boy & Diablo, las cuales sobresalen por su energía y capacidad de enganchar desde la primera escucha. Es interesante que la pieza que cierra y da nombre al álbum, Splat!, manifiesta este mismo comportamiento. El guitarrista australiano Keith Urban contribuyó con su guitarra en Diablo, recientemente separado de la actriz Nicole Kidman, justo al cumplir 21 años de casados el pasado enero. 


El resto de las piezas exploran matices de blues, jazz y progresivo, sin romper la cohesión del conjunto; pero, evitando asumir grandes riesgos, ya que, esa misma contención, juega a su favor al entender perfectamente sus virtudes y explotarlas con inteligencia.

La tercera pieza The Rider, muestra una brillantez en la guitarra sobresaliente, mientras que The Lunatic le permite a los teclados marcarle la pauta al grupo.

The Only Horse in Town, la quinta pieza, inicia con un solo de órgano, donde el resto de los instrumentos se van uniendo gradualmente, al más puro estilo de Deep Purple. El suave requinto de la guitarra en el intermezzo es un dulce para los oídos que le permite al órgano retomar su rol.

La sexta pieza, Sacred Land, inicia con un toque místico en el órgano, creando una atmósfera durante toda la pieza que recuerda a Jon Lord y repite en un encore al cierre.

The Beating of Wings, la séptima pieza, es un gran blues que me exige la apertura de otra cheve justo en el centro de toda la obra.

La octava pieza, Guilt Trippin’, sorprende al inicio de la segunda mitad de la obra, ya que es, sin lugar a duda, de lo mejor de la obra. Al igual que Sacred Land, los teclados dan de inicio el tema musical, la guitarra lo repite y al cierre regresa el solo de teclado para sellarlo.

Las siguientes dos piezas, Scriblin’ Gibb’rish’ & Jessica’s Bra, reviven el espíritu travieso pícaro que nunca debió perder Deep Purple. De hecho, ésta última tiene un alegre espíritu de pub irlandés.

Como su nombre lo indica, Third Call, la undécima pieza, es un llamado para seguir con la acción… to scream & shout!

La duodécima pieza, My New Movie, es un mucho de continuación respecto a la pieza anterior, pero ahora con trazos de Bach en el órgano, recordándome porqué la pieza de Difficult to Cure, de Don Airey y Ritchie Blackmore, es mi ininterrumpido despertador diario desde hace 30 años.

La obra cierra con la pieza que lleva su título, Splash!, en un despliegue de efervescente energía, tal como inició.

El resultado es un trabajo sólido, disfrutable y convincente; demostrando cómo sigue siendo capaz de ofrecer música relevante por su creatividad, capacidad, oficio y calidad interpretativa, sin tener la necesidad de apoyarse en la nostalgia de su legado.